El Visionario III

 

Hoy vuelvo,
vuelvo para terminar lo que hace tanto empecé.
Hoy voy a romper mi bola de cristal,
voy a cerrar las puertas de mi alma
a las voces que durante tanto tiempo,
a través de las noches,
me enseñaron lo que iba a pasar.
No quiero ver lo que va a suceder,
no quiero que duelan las heridas
antes de ser abiertas.

Antes de nacer el alivio de la oscuridad
debo mirar que ha ocurrido,
como han evolucionado las almas
de las que hace tantas lunas hablé.

Abriendo mi caja de sombras
dejo que la niebla negra,
la niebla donde descansan y se desvanecen
las cosas que quedan atrás
inunde mi habitación
disolviendo las paredes
y los limites de lo real.
Ahora en este carrusel
de imágenes y sentimientos
dejo mi espíritu libre de toda condición,
dejo que observe sin juzgar.

Abraham viajó en su barca algún tiempo
por aguas de vulgaridad,
percibió destellos de luz
en la oscuridad del deseo.
Caminando por la avenida de la vida
tropezó y cayó en la espiral del caos.
Tras el cisma de lo inevitable del corazón
consiguió apartar con sus manos
la niebla que cubría la noche más oscura
y allí encontró a su estrella más bella.
Con una estrella que te guié
siempre se camina mejor,
y con alguien que te coja cuando saltas
siempre se espera que salga de nuevo el sol.

Roberto confió en lo que le dijo el corazón,
confió en que la tuerca es para el tornillo.
Caminó cuesta arriba sin perder la esperanza
convencido de su razón.
Apartó las circunstancias de la locura
del camino del corazón,
y en la sonrisa sincera
consiguió alcanzar el brillo
de la estrella más bella,
el brillo del camino a la felicidad.

Cruzando la llanura se fue José,
se llevo consigo el pilar de una nueva vida,
cambió su cárcel de intransigencia
por la libertad de una vida distinta.

Entre el conformismo de su bienestar personal
y la lucha contra las burlas de la vida,
Iago ajustó la definición a su medida.
Ocultó lo que él mismo quiso curar
y mintió a la evidencia intentando engañarla.
Cuando el huracán sopla cerca,
la decadencia nunca está lejos
de las puertas de la felicidad.

Conchi enterró el sueño de la marcha
entre piedras que no ocultaron su resplandor
y despojándose de su manto de inocencia
dio el salto al mar de la vida.
Cuando cada soplo de aire es viento a tu favor
y cada golpe de la vida es una caricia de amor,
se reconoce la generosidad del calendario
al traer un día más.
El regalo de la ilusión era una caja de sorpresas,
un libro donde aprender
y una historia en que participar.
Igual que el viento no se queda en ningún lugar,
quien tiene alma viajera ha de marchar.
También en el cielo de esperanza hay tormentas
y la tormenta se lleva lo que quiere
y deja lo que tiene que dejar.
La ilusión trae cada vez un regalo mejor,
un regalo que no entiende de tiempo o distancias,
y esta vez el viento
sopla hacia el otro lado del mar.
Cuando la suerte sonríe, y sonríe de verdad,
no se puede negar que es mucho más fácil caminar.

Por pagar el error de la ignorancia y la cobardía
Luis arrastró el lastre de la decepción
y empeñó todo su esfuerzo
en una odisea con visos de fracaso.
Los días, uno tras otro, se fueron,
se fueron y se llevaron lo que quisieron,
pero cuando los días son avariciosos
todo lo que te queda se puede guardar en un recuerdo.
Paciente en la estación
esperó el próximo tren,
esperó el próximo aviso,
y esperó…
y esperando su alma se fue muriendo.
Al borde del abismo miró alrededor
y encontró lo que tenía,
sin hogar ni lugar
la patria es un sueño de ineptos,
y no hay ningún sitio al que regresar.
Sin inmutarse ante la sospecha
de la utopía de su odisea
vio las primeras grietas hiriendo el templo,
contempló como se empezaba a desmoronar
el último sueño.

Puedo ver que no estaba desencaminado
cuando hablé tiempo atrás.
Me alivia saber que no estaba siendo engañado,
que las voces y sueños en las noches
no se burlaban de mí
mostrándome una falsa realidad.
Me alivia saber que aquel duende,
aquel maldito duende que me visitaba,
era cruel pero no era un mentiroso.

Yo que tanto leí en las estrellas,
que tanto interpreté los presagios de decadencia
no fui capaz de ver una cura para la enfermedad.
No tengo nada más que estas hojas de papel,
no hay nada más allá de estas cuatro paredes,
y sólo consigo entender una voz en este silencio,
es la voz de mi duende maldito,
él me arrastra y me dice
lo que puedo ver en mi visión del futuro.

No quiero ver lo que va a suceder,
no quiero que duelan las heridas
antes de ser abiertas.
No puedo permitir que más pedazos de mi alma
se consuman dejando vacío en su lugar
para mantener abierta mi ventana al porvenir.
Mis ojos cansados no quieren repetir escenas,
mi alma perdida sólo quiere volver al mar.

Antes de desterrar este don de desgracia
debo mirar que insinúa mi duende
acerca de mis personajes de realidad.

Abraham y Roberto llegaron lejos
guiados por las luces que alumbran la noche.
Siguieron el camino de lo forjado
en la seguridad de que lo que se tiene es suficiente
cuando lo que se necesita es lo que se tiene.

No veo para Iago ningún camino,
no veo nada de lo que le puede esperar.
Las sombras me ocultan
qué camino puede querer crear,
me ocultan lo que puede llegar.
Cuando se esconde el deseo y se miente a la evidencia
el futuro se oculta y se diluye
entre los adoquines vírgenes
de este sueño de sinceridad.

Cuando se nace con la marca del lado bueno
las penas pasan sin que dejen llagas en los pies,
sólo con pedirlo llueve del cielo el maná,
y Conchi supo rezar con maestría su oración.
Saltó los fallos y los tropiezos
aprovechando para robar a la vida
la savia de agradable sabor,
y embriagándose de la suerte concedida
al final presentó ganancias
ante el juicio del balance decimal.

Sólo veo una sucesión de imágenes,
un tiovivo bautizado en huracán,
que me habla del futuro de Luis
Veo las ruinas de un castillo
coronadas por una estatua de piedra
que grita nombres a los que nadie responde,
y veo también un poema inacabado,
vestido de palabras que no significan nada,
consciente de su punto final poco después de empezar.

Despierto de mi visón
y ahora completamente decidido,
casi tres años después de empezar,
destrozo mi bola de cristal en la pared.
Abro las ventanas para que la niebla del tiempo
emigre dejando en esta habitación
sólo recias reglas de realidad.
He encerrado a mi maldito duende,
le he confinado para siempre en un cuento sin final.
Ahora respiro tranquilo ciego ante el futuro,
y me retiro a dormir un sueño vacío,
un sueño sin voces ni visiones.
Y cayendo ya en una oscuridad que me hace descansar
noto moverse en mi interior
el pesar por no haber encontrado un cura
o haber aprendido a esquivar la enfermedad.

 

© Luis Sáez (p) Luis Sáez