…El día que anunciaran las estrellas había llegado,
sabía que aquel era mi último día, sabía que iba
a morir.
Sentado en la hierba vi al sol levantarse suavemente
sobre las montañas por última vez, se respiraba aire
de verano,
una suave brisa me trajo un rumor y decidí coger mi espada,
montar mi caballo y marchar. Cruce el bosque, me paré a ver
correr el agua del río y seguí mi camino hasta llegar
al campo
de batalla. Espere durante horas, el sol calentaba con fuerza
en lo alto del cielo, entonces oi el trotar de los caballos y desde
el Este vi llegar a mi rival acompañado por un inmenso séquito.
Yo no sabía muy bien por que tenía que participar en aquel
duelo que sabía que iba a perder, pero algo en mi interior
me empujaba a estar allí. Él se bajó de su caballo,
su armadura
dorada relucía al sol y de una vaina adornada con brillantes
sacó una espada de plata, entonces mi nublada mente comenzó
a recordar porque estaba yo allí, recordé como él acompañado
por las fuerzas mágicas del mal había arrasado mi castillo,
me había robado todo lo que tenía y había matado a mi
amor.
Él, se sabía seguro, sabía que nadie en el reino le iba
a atacar,
la ley que años atrás yo había firmado prohibía
la violencia y
todas las gentes del reino obedecían a ciegas las leyes.
De mis pensamientos me sacó la música de flautas, gaitas
y
tambores que anunciaba el comienzo del duelo. La lucha duró
horas, pero al final lo que tenía que ser fue y sentí como la
fría
plata de su espada recorría mis entrañas, caí
arrodillado con la
mirada perdida, no sentía dolor, sentía angustia, sentía
miedo.
Un soplo de viento meció las hiervas secas y me trajo todos
los recuerdos de mi vida, vi la villa en la que había crecido,
los caminos por los que solía jugar, los amigos que ya había
perdido, los amores que habían marchado, la… y como un
relámpago llegó hasta mi mente la razón de mi
muerte, comprendí
que cuando yo no estuviera las leyes que había firmado no
tendrían validez, y cuando eso ocurriese el pueblo
lo aplastaría y regresaría la paz.
Ya tendido en el suelo, mis ojos comenzaron a cerrarse, esa
última imagen, esa última luz que recibía del
mundo, y finalmente
comencé mi caminar por el sendero de la muerte, pero sabía
que mi muerte tenía una razón…o quizá simplemente deseaba
encontrar una razón, no sé, no sé…
Escrito por: Luis Sáez 26-9-1999
© 1999 Luis Sáez
Publicado 1999 Luis Sáez