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Gracias por haberme traído hasta aquí
en tu balsa de sonrisas,
la odisea de los sentimientos prohibidos
cantó signos de evidente fracaso
cuando aún me enredaba en tu pelo.
Gracias por enseñarme caminos
ocultos entre cuentos de hadas,
que sólo se recorren una vez para ir
y cientos intentando volver.
Sentado
en mi trono de hierro
lo miro todo con cruel indiferencia,
como si fuera Dios;
siempre por encima del bien y del mal.
Como si fuera Dios
y pudiera estar triste para siempre.
Los te
quiero que te debía
los he pagado con creces
al llorar por ti como jamás llegué a llorar.
Mientras la vida se me hacía rutina
a ti te derrumbó lo suficiente
para que vieras tu riesgo y tu sueño.
Te quise
más de lo que nunca supiste
y mucho menos de lo que debería,
pero eso es igual en esta noche de justicia.
Soy el cruel resultado de una vida triste,
privado de hacer promesas
asegurando un futuro que sea realidad.
Como alguien
que no ha dormido,
empiezo a saborear los recuerdos
sin tener muy claro si sólo fueron sueños,
queriendo volver a ellos por un segundo.
Gracias
por los regalos de Navidad,
el último regalo que te puedo dar
es llevarme la culpa que sea mía;
y ahora las trompetas anuncian
que la guerra ha terminado.
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