Tu rostro apareció ante mí como una llamada del destino,
apenas podía verte entre la multitud.
Tantas almas entre nosotros y tan próximo tu aroma.
Me he entregado al pensamiento irreversible.

Cuánto duele estar por siempre errado.

Había negado aquel sonido,
arrogancia gratuita que de absurdo tiñó mi vida.
Enturbiando mi pasado acabé con mi presente,
la idolatría de la nada me llevó a una senda sin futuro.

Cuánto duele no ser nunca amado.

Aquella luz, antaño tendenciosa,
rompió mi ya de por sí corta visión.
Mis recuerdos reflejados por dos espejos enfrentados
me adentraron en el laberinto de una cuerda locura.

Cuánto duele estar por siempre errado.

Una Luz que se Apaga

Como una burla del destino un espejismo se acercó,
el imperecedero ejercicio de la última oportunidad había vuelto,
el antifaz vacío que desveló tras de sí
el Elixir de la Eterna Vejez.

Cuánto duele no ser nunca amado…


Tu rostro apareció ante mí como una llamada del destino.
Me he entregado al pensamiento irreversible…

-Iago Rodríguez-
Lagrimas al Mar
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