Tu rostro apareció
ante mí como una llamada del destino,
apenas podía verte entre la multitud.
Tantas almas entre nosotros y tan próximo tu aroma.
Me he entregado al pensamiento irreversible.
Cuánto duele
estar por siempre errado.
Había negado
aquel sonido,
arrogancia gratuita que de absurdo tiñó mi vida.
Enturbiando mi pasado acabé con mi presente,
la idolatría de la nada me llevó a una senda sin futuro.
Cuánto duele
no ser nunca amado.
Aquella luz, antaño
tendenciosa,
rompió mi ya de por sí corta visión.
Mis recuerdos reflejados por dos espejos enfrentados
me adentraron en el laberinto de una cuerda locura.
Cuánto
duele estar por siempre errado.
Como una
burla del destino un espejismo se acercó,
el imperecedero ejercicio de la última oportunidad había
vuelto,
el antifaz vacío que desveló tras de sí
el Elixir de la Eterna Vejez.
Cuánto
duele no ser nunca amado…
Tu rostro apareció ante mí como una llamada del destino.
Me he entregado al pensamiento irreversible…