Las manías son mis amigas,
y tengo para dar.
Costumbres de sentir tibio
que pretenden consolar
a un lazo maldito.
Cara a cara con el héroe,
en amaneceres tardíos,
me entristece lo que yo mismo escribí.
Los sagrados cuentos de antaño,
¿dónde están?
Quizá adornando tumbas
que alguien olvidó visitar,
donde duermen para siempre
las horas malgastadas a conciencia
por los que creemos sin dudar
que después ya no hay nada más.
No soy el que dicta
las reglas de la vida.
No soy el acepta
un juicio sencillo,
y ya es un poco tarde
para hacerme cambiar.
No pienso hacer promesas
que no sé si cumpliré.
El pensador
de Rodin confundido
sin saber qué pensar,
tanto tiempo y tan cansado
para no poder tomar
una decisión acertada al final.
Ya somos demasiado viejos
y nos agarramos al consuelo
de lo que podemos conseguir.
No soy
el que dicta
las reglas de la vida.
No soy de los que acepta
un juicio sencillo,
y ya es un poco tarde
para hacerme cambiar
aunque no sepa con certeza
lo que debería ser.