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Hoy tenía
mala cara,
se le olvidó resucitar.
Rompió el pacto sagrado
que le salvó durante años,
el que le libró
de tener que recordar.
Un alma para cada
día,
y al final sin alma
para poder pecar.
Luna triste
le enseñó
caminos prohibidos
que a manos de Marte
se consagraron sendas de devoción,
porque para las heridas lo más dulce
son siempre los pecados.
Un alma para cada día,
y al final sin alma
para poder pecar.
Ayer murió
como siempre,
y hoy por primera vez
sabe lo que es sentirse bien.
Olvidó lo de querer demasiado
para hacer realidad del deseo;
entregarse por fin al pecado.
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