Sueños
sin Destino
Estaba un día pensando que no era yo más que un saquito
de arena, que tenía un agujero en algún lado que me
estaba dejando vacío. Me puse a pensar entonces que quizá
mi mal tenia una causa metafísica, algo que escapaba a cualquier
clase de conocimiento humano y, así divagando, me quedé
dormido un momento. Al despertar tenia una cosa clara, aquel tipo
desconocido con pinta de ser el repartidor de la muerte que estaba
ahora frente a mí, no estaba antes allí. Cuando iba
a preguntarle quién era y qué hacia en mi casa, contestó
a mis preguntas sin que yo las hubiera formulado. Me dijo que era
El Salvador de los Sueños y que estaba allí para resolver
mis dudas, pero no para arreglar mi problema. Todo hay que decirlo,
para ser un salvador, la verdad es que tenía un aspecto bastante
siniestro y, ciertamente un poco más tarde, sabría
que su misión era de una naturaleza de lo más cínica
y siniestra.
El Salvador de los Sueños comenzó a hablar al mismo
tiempo que paseaba por la habitación, decía:
-Lo que te pasa es algo bastante usual, de hecho a medida que los
humanos os civilizáis más, esto ocurre con mucha mayor
frecuencia. Al fin y al cabo sólo eres una persona más
en esta marabunta que habita la tierra. Tu problema radica en que…
En ese momento El Salvador se quedo parado y mirándome de
una manera incierta, después de unos segundos de silencio
dijo:
-¿Sabes? Me gusta esa forma que tienes de cuestionarte las
cosas y de intentar racionalizarlas a pesar de no ser más
que un saquito de arena entre otros tantos. No voy a darte una respuesta
superficial, voy a mostrarte y a contarte la historia completa de
lo que quieres saber.
Una vez que dijo esto, El Salvador se dirigió hacia la chimenea,
que dormía sin fuego, y poniendo un par de leños prendió
fuego. Me llamó hacia él y una vez que estuve cerca
me cogió de la mano y se dirigió, como caminando a
cámara lenta, hacia la chimenea. Iba directo al fuego y yo
cada vez era más reticente a dar otro paso, sin embargo no
era capaz de detener mis pies. Se agachó un poco y se introdujo
en la chimenea y, sin poder evitarlo, yo fui detrás. El fuego
nos envolvía pero no nos quemaba y tal como entramos, sin
notar nada, salimos a una especie de balcón que se elevaba
sobre un vacío completamente oscuro que parecía no
tener fin.
El balcón estaba en la pared de una cueva o algo que sin
duda estaba bajo tierra. A mi espalda, en la pared, había
un gran hueco en el que ardía un fuego demasiado violento
para estar alimentado por algo que creciera sobre la tierra. Del
lado derecho del balcón partía una escalera en camino
descendente a la que se dirigió El Salvador después
de coger una antorcha que había en la pared y encenderla
en el fuego, me dijo:
-Ven, bajaremos por aquí y te mostraré cosas que ni
imaginas, verás hasta que punto llega la crueldad de algo
que creías tan puro. Este no es un lugar de vivos, más
no temas, mientras estés conmigo no correrás peligro.
Nadie que aún tuviera el alma pegada al cuerpo ha visto esto
antes, tú serás el primero. Quizá después
de que veas lo que vas a ver y escuches lo que te voy contar te
arrepientas de este pequeño viaje, pero ahora veo a través
de tus ojos que lo que quieres es hacerlo aunque después
te deje heridas imposibles de curar.
El Salvador comenzó a descender por la escalera y detrás
fui yo, aquella escalera daba vueltas y más vueltas, no sé
cuanto tiempo estuvimos bajando aquellos escalones pero fue tanto
que empezó a preocuparme más el tener que volver a
subir todo aquello que lo que podía quedar para llegar abajo.
Poco a poco empezó a divisarse algo allá abajo, era
una luz medio anaranjada, parecía resplandor de fuego. En
mi cabeza algunas ideas decidieron ponerse en movimiento para inquietarme
más de lo que estaba, empecé a pensar que quizá
aquello era el infierno y allí me encontraría con
la tortura de los muertos, ojalá hubiera sido aquello, ojalá.
Cuando llegamos abajo me quedé boquiabierto sin entender
nada de lo que estaba viendo. Había allí unos hornos
inmensos, más grandes que una montaña, en cuyas bocas
unas sombras que medio caminaban medio se arrastraban metían
con sus palas algo que cogían de un montón inconmensurable,
este montón no menguaba nunca pues en el techo había
un agujero por el caía más de ese material. El material
que introducían en los hornos no fui capaz de identificarlo,
parecía ropa hecha harapos pero era más denso, como
si estuviera hecha de gel. De los hornos salían una tuberías
que conectaban con una impresionante maquinaria que ponía
en movimiento unos engranajes que a su vez movían a otros
y más allá ya no fui capaz de ver por la oscuridad.
Mi cara debía ser un poema, asombrado por todo aquello que
era inmenso pero sin entender realmente qué era. El Salvador
me miró y sabiendo de todas mis dudas se abstuvo de responder
ninguna y me dijo:
-Ve, si quieres, y pregunta a alguna de esas sombras en qué
consiste su trabajo y porqué han de realizarlo.
Yo, con bastante temor y no mucho convencimiento, me acerqué
a la sombra que tenia más cercana y le pregunte:
-¿Para qué sirven estos hornos y porqué realizas
esta tarea incesantemente?
La sombra se paró, quizá por primera vez en decenas
o en cientos de años, y dirigió, lo que debía
ser su mirada, hacia mí antes de decir:
-¿Qué para qué sirven estos hornos? Si no lo
sabes es que no deberías estar aquí ¿Por qué
estás aquí si aún conservas el alma unida al
cuerpo?
Desde
detrás de mí se oyó la voz de El Salvador que
reprendió a la sombra diciéndole:
-Responde a lo que se te pregunta, si él te pregunta lo hace
en mi nombre, y recuerda que no estás aquí ni para
preguntar ni para negarte a nada sino para hacer lo que se te diga.
La dureza con la que El Salvador habló me hizo estremecer
pero, sin duda, más estremeció a aquella desdichada
sombra que sin demorarse un segundo comenzó a responder a
mis cuestiones:
-Estos hornos son los que hacen que la tierra donde vivís
tú y los de tu clase haga lo que lleva haciendo desde el
comienzo de los tiempos. La respuesta a tu segunda pregunta es que
realizo esta tarea como castigo por lo que hice cuando era como
tú, todas las sombras que hacemos esto es porque en vida
hicimos intencionadamente algo que no era nuestra tarea, destruimos
sueños ajenos y ahora nos vemos obligados a alimentar estos
hornos, cosa que no deja de ser irónica si comprendes el
funcionamiento de esta maquinaria.
Me aparté de aquella sombra sin comprender la mayor parte
de lo que me había dicho, pero su labor me parecía
lo suficientemente penosa como para importunarla durante más
tiempo. Volví al lado de El Salvador y le dedique una mirada
interrogante, él sonrió, era la primera vez que le
veía hacerlo, y me animó a seguirle y dar un paseo
por aquella gigantesca sala de máquinas. Después de
un buen rato recorriendo aquello se sentó en una piedra,
suspiró y me miró con una mezcla de lástima
y de “siento lo que voy a decirte”, pasó un buen
rato mirándome así y finalmente dijo:
-Bien, has visto todo esto pero sin la explicación que lo
aclara es como un puzzle separado en sus piezas, las cuales no sabes
unir. Empezaré por aclararte exactamente que es todo esto
que has visto y después te contaré la historia del
material que alimenta estos hornos, esa, sin duda, será la
historia más cruel que hayas oído.
Todos esos engranajes que has visto son los que mueven el mundo,
sí, esos artilugios son los que hacen que la tierra gire
sin cesar y que el tiempo, las estaciones unas tras otras y cada
golpe de vida vayan transcurriendo sin detenerse. Los hornos que
has visto alimentar a las sombras es de donde sale la energía
que mueve la maquinaria, que mueve el mundo. Lo que las sombras
introducían en los hornos es el alimento que mueve el mundo,
y ese alimento son los sueños, pero no sueños cualquiera
sino los sueños sin destino, sueños que no tienen
un destino que los haga realidad, que les lleve a alcanzar el deseo
que representan.
Me quedé un tanto perplejo con la historia que me acababa
de contar El Salvador, resultaba curioso que el mundo se moviese
gracias a los sueños que no se podían realizar, pero
ya que estos no tenían destino estaba bien que al fin y al
cabo tuviesen una utilidad, así que le dije a El Salvador:
-Lo que me dices es una gran revelación y, bueno, los sueños
sin destino parece que por lo menos sirven para algo, no sólo
para hacer sufrir a quien los tiene.
El Salvador me miró y volvió a sonreír, era
la segunda vez que lo hacía, y dijo:
-Aún no he terminado la historia que te estaba contando,
así que no saques conclusiones precipitadas porque te vas
a equivocar. Como te contaba, los sueños sin destino es el
combustible que usa el mundo para no detenerse, si te fijas, aquí
se crea un círculo: los hombres viven en el mundo y el mundo
vive gracias a los sueños sin destino de los hombres, uno
no podría vivir sin los otros y viceversa. Para que entiendas
la gravedad de lo que te cuento será mejor que te cuente
las cosas desde el principio de todo.
Lo primero que existió fue El Mundo, un ente con vida propia
que vivía gracias a la energía del universo que había
quedado contenida en él al formarse, pero con el paso de
los milenios su energía se fue agotando y el mundo se vio
abocado a una muerte inevitable, pero claro, como la mayoría
de los seres vivos El Mundo no quería morir y buscó
alguna forma de sobrevivir. Pensó durante siglos en la manera
de conseguir la energía que necesitaba y al final lo consiguió.
El Mundo sabía que él estaba vivo gracias a la energía
del universo, una energía que surgía sin una causa
definida, era un impulso, una explosión de deseo y, cuando
el mundo supo esto soñó, tuvo un sueño en el
que veía una vida eterna para él. En el momento de
tener su sueño fue consciente de la energía que generaba
el soñar y supo que esa energía era la que necesitaba,
pero su problema radicaba en el modo de poder utilizar esa energía
para perpetuar su movimiento. Si el sueño estaba vivo encerraba
la energía en sí mismo y El Mundo dedujo que si se
hacia realidad la energía sería utilizada para generar
felicidad y ya no habría forma de poder usarla, en ese momento
El Mundo experimentó la desesperanza de un sueño sin
destino por primera y última vez en su vida; ante tanto dolor
dio por muerto su sueño y lo abandonó aceptando el
final, en ese preciso momento se desprendió de él
lo que parecía ser un harapo de un traje que había
sido muy lujoso. El Mundo supo que era su sueño desahuciado
y percibió en él encerrada la energía que lo
había hecho nacer. El Mundo tenía al fin su solución:
los sueños sin destino. Como tener un sueño sin destino
era muy doloroso El Mundo alejó de él la tarea de
autoabastecerse y creó a los hombres con un poco de la energía
que aún le quedaba del universo, era la solución perfecta:
seres capaces de generar semejantes, capaces de soñar sólo
sueños sin destino e incapaces de ser conscientes de su función
y de ver sus sueños una vez que se desprenden de ellos. De
esta forma El Mundo se aseguró la supervivencia eterna, bueno,
cometió un pequeño error en su estrategia que estuvo
a punto de costarle su final. El Mundo había creado hombres
que sólo eran capaces de tener sueños sin destino
y esto funcionó durante muchos años hasta que los
hombres fueron conscientes de que no tenia sentido soñar
si nunca ningún sueño se hacia realidad, los hombres
se negaron a soñar y comenzaron a convertirse en hombres
imposibles.
El Mundo, ante una situación tan peligrosa, volvió
a poner su mente en funcionamiento y decidió que algunos
sueños debían hacerse realidad para que los hombres
siguieran soñando con la esperanza de que algún día
alguno de sus sueños llegara a buen puerto, pero no podía
dar a los hombres la capacidad de soñar sueños con
destino por que si así lo hacía estos acabarían
adaptándose y dejarían de soñar sueños
sin destino complicando otra vez su situación. Finalmente
El Mundo decidió crearme a mí, a El Salvador de los
Sueños.
Yo, hubo un tiempo un tiempo en que fui alguien como tú,
un hombre con un alma unida al cuerpo. Viendo que no tenía
sentido soñar porque mis sueños sólo representaban
dolor terminé por convertirme en un hombre imposible y me
di cuenta de que los sueños de los hombres nunca se hacían
realidad, así que a partir de entonces dediqué mi
vida a recorrer el mundo predicando a los hombres que dejaran de
soñar.
Un día mi corazón se apagó y El Mundo me dio
a elegir entre desaparecer por completo o poder hacer realidad los
sueños de los hombres. Habiendo sido hombre y sabiendo cuánto
desea uno que su sueño se haga realidad opté por poder
salvar los sueños de los hombres, no fui consciente entonces
de la trampa que El Mundo me había preparado. Los hombres
son muchos y tienen muchos sueños, yo no puedo salvarlos
todos, en realidad sólo puedo salvar una parte muy pequeña.
Camino por ciudades atestadas de gente, por campos donde alguien
solitario piensa en su sueño a la sombra de un árbol,
vuelo de un lugar a otro percibiendo y valorando todos los sueños
que puedo para intentar salvar el mayor número posible, pero
nunca es suficiente. He bajado hasta esta sala de máquinas
a revolver entre los sueños desahuciados en busca de alguno
que por no haber ardido aún estaba destrozando a alguien
allí arriba, pero nunca es suficiente, nunca, cuanto más
lo intento más me canso, los hombres cada vez tienen más
sueños y yo, tan agotado, cada vez soy capaz de salvar menos,
cada vez menos…
Ya ves, ésta es la historia, ésta es la realidad,
todos los sueños que tienen los hombres son sueños
sin destino nacidos para servir de alimento a El Mundo y la única
esperanza es que El Salvador de los Sueños aparezca y considere
o sea capaz de salvar alguno.
Todo esto que te he contado, la verdad que te he revelado, no lo
he hecho de forma altruista, tenia que hablar con alguien, contarle
a alguien la gran mentira de los sueños y sobre todo contar
mi desgracia y mi afligimiento que ya dura milenios.
Supongo que ahora ya comprendes lo que te pasa, por que te sientes
vacío, estás perdiendo la capacidad de soñar
y toda esperanza, tu alma se está degradando, te estás
convirtiendo en un hombre imposible.
Después de escuchar lo que El Salvador de los Sueños
me había contado me sentí más vacío
que nunca, aquello era aterrador, El Mundo me había utilizado
para procurarse la supervivencia a costa de mi dolor y El Salvador
de los Sueños había aparecido pero no para salvar
mi sueño sino para usarme para aliviar un poco su corazón
del desgraciado fin al que servía. Ya lo decía mi
madre “No te fíes de los extraños que te sonríen
sin conocerte”.
Dirigí mi vista al fuego que ardía en los hornos,
todo aquello era horrible, cerré los ojos y apreté
con todas mis fuerzas deseando no haber estado nunca allí,
al abrir los ojos fijé la mirada en aquel fuego de la chimenea
de mi casa que yo no recordaba haber encendido, me acurruqué
un poco más en mi sofá y volví a cerrar los
ojos sintiéndome igual que un saquito de arena que ahora
estaba vacío del todo. Al fin y al cabo qué era yo
más que un saquito de arena que ahora ya no guardaba nada
dentro, ya lo decía mi madre “Cuando no te queda nada
que esperar, qué más vas esperar que nada”.
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