Las Bajas Pasiones II

(Un Mal Despertar)

Una vez pensé que no era yo más que un saquito de arena, pero ahora creo que no soy más que un montón de despojos. Me despierto acurrucado en mi sofá, la cabeza me duele horrores, parece que va a estallar. Ayer por la noche tuve otra vez ese sueño que se viene repitiendo desde hace algún tiempo, quizá hace algunas fechas me parecería un sueño aterrador, pero últimamente me siento cada vez más cerca de él, creo que hacer algunas de las cosas que allí veo es lo único que a día de hoy me puede servir para sentirme un poco mejor. Oh, cuánto me duele la cabeza, las resacas de absenta cada día son más duras, pero la verdad es que es lo único que me hace ser capaz de sobrellevar esta situación y de no volverme loco con aquellos sentimientos.
Este salón está hecho un asco, botellas de absenta, restos de cenizas, todo revuelto… tendría que colocarlo un poco, pero la verdad es que no me apetece; total da igual, nadie va a venir a quien le moleste y como a mí no lo hace pues así se queda.
Me acerco a la ventana y veo que hace sol, se ve el azul del cielo; es un día bonito pero no me apetece salir. El reloj dice que son las tres de la tarde, una hora tan mala como otra cualquiera; no sé qué hacer hoy, llevo ya varias semanas en esta espiral de decadencia y creo que es el momento de tomar una decisión, de dar algún paso. Hace como dos semanas que no quedo con la gente que se supone que son mis amigos, aunque a decir verdad la última vez que quedé con ellos fue como si no lo hiciera, apenas escuché alguna que otra palabra de todo lo que dijeron y yo creo que no dije más de cinco palabras, varias de ellas monosílabos. Sí, hoy voy hacer algo, es hora de tomar una determinación.
Me meto en la ducha y dejo que el agua caliente recorra mi cuerpo, que relaje un poco mis músculos tensos por los sueños agitados y por el exceso de alcohol. El agua me golpea directamente la cabeza y mitiga un poco esta resaca criminal que parece estar destrozándome el cerebro, ensañándose en su labor.
Busco en el armario ropa limpia y que sea un poco elegante. Me visto, me peino y me echo un poco de colonia. Paso por la cocina y tomo una aspirina para el dolor de cabeza, después camino hasta el salón y me siento en el sofá, iba a poner música, pero no lo voy a hacer. Mirando fijamente hacia la pantalla del televisor, que no muestra nada porque está apagada, dejo pasar los minutos y analizo y pienso qué es lo que voy hacer. Finalmente golpeo con las palmas de las manos las rodillas y me pongo en pie.
Salgo por el portal y aspiro con fuerza el aire ligeramente caldeado aún por el sol. Son las cinco de la tarde. Paseo por las calles de la ciudad, calles por las que tantas veces paseé, y me regocijo una y otra vez en mi decisión tomada y en el resultado que espero obtener. Paseo por parques en los que estuve muchas veces antes igual que ahora, sin compañía y esperando simplemente que pasara el tiempo hacia algo que fuera un poco mejor. Sobre las seis y media ya se está haciendo de noche, yo abandono mi recorrido sin rumbo por la ciudad y entro en una cafetería que llama mi atención. Pido un café con leche, me encanta el café con leche que dan en las cafeterías, en ningún sitio sabe igual, en casa es imposible conseguir hacer uno que sepa de la misma manera, como mucho algo lejanamente parecido. Tomo mi café con calma mientras leo un periódico de la mañana, ya hacía bastante tiempo que no recibía noticias del mundo.
A las siete y pico me levanto de la mesa que ocupaba hasta ahora, voy hasta la barra y pago un café con leche, después salgo de la cafetería y me encamino a un cajero automático que hay un par de calles más allá. El cajero me saluda con letras verdes y me dice que introduzca mi número secreto, lo hago y le pido retirar 300 €uros. Abandono el cajero contando el dinero y una vez comprobado que está bien la cantidad que me ha dado me guardo los billetes en el bolsillo y me dirijo a un conocido burdel situado en un oscuro y triste barrio de la ciudad.

(Cuando Todo Da Igual)

Está empezando a hacer frío, camino con las manos en los bolsillos. En este barrio no se ve por la calle la vida y el bullicio que se ve en el resto de la ciudad, hay una tienda aquí, otra allá, algunos coches que pasan, pero nada en comparación con la aglomeración de tiendas de diferentes clases y el ritmo casi febril de circulación que hay en otros barrios. Se nota que este es un barrio venido a menos o que quizá no fue capaz de ir a más.
Cojo una calle hacia la izquierda y unos cien metros más allá ya se ve una luz roja en la fachada de un edificio que anuncia mi punto de destino. A medida que me acerco distingo un poco más allá de la puerta de la casa de putas a unos chiquillos jugando a algún tipo de juego de pelota por equipos. He llegado a la puerta del burdel, la luz del farol rojo tiñe levemente mi cara. Hay una cortina de rojo apagado que oculta la vista del interior. Pongo el pie derecho en el escalón que da entrada al recinto y me dispongo a entrar cuando me llegan las voces y los gritos de los chiquillos que había visto hacía un momento, giro la cabeza hacia ellos y veo a un par de ellos llorar y a los otros gritar: “Habéis perdido, habéis perdido, sois unos fracasados que nunca nos consiguen ganar”. La edad de los chiquillos oscilará entre los siete y los diez años. Los que lloran y algunos otros insultan a los que se burlan de ellos por haber perdido, sin embargo hay uno que mira la escena como si la cosa no fuera con él. Uno de los chicos que alardea de la victoria y se mofa de los otros al ver al chico indiferente se dirige a él diciéndole: “¿Y a ti qué te pasa? No dices nada, pero has perdido igual que los otros, eres otro mierdas igual, otro fracasado” El chico indiferente le contesta: “Puede, pero qué se le va a hacer. Total, me daba igual ganar o perder” El chico que le había llamado mierdas le pregunta: “¿Entonces por qué jugabas? Eh, imbécil” Y el otro le responde: “No sé, por hacer algo supongo. Qué más da”. Yo vuelvo la vista hacia la cortina de color rojo apagado, me quedo un instante pensativo, y después bajo el pie del escalón, doy media vuelta y regreso por el camino por el que vine.
Está empezando a hacer frío, camino con las manos en los bolsillos.

 
Comentario: Este relato es la continuación de “Las Bajas Pasiones”, en realidad todo es el mismo relato, y muestra en su momento final el detonante de que el hombre se acabe convirtiendo en un Hombre Imposible. Es lo que da paso a la tercera y última parte, lo que fundamenta los temas que serán tratados.