Tiempos
de Ira
Ojos
inyectados en sangre
que viaja directa
desde el bajo vientre;
antes estuvo un buen rato
parada en el pene,
de sobrenombre Polla Hambrienta,
mientras el baile de entrar y salir,
de entregarse a la humedad cálida
de un coño dispuesto,
distraía las ansias de guerra
tantas veces mezcladas
con lo que dan en llamar tristeza.
La
última luz del día
fue sobre las cuatro de la tarde,
cuando la punta del lápiz
atravesó la pupila
con dirección a desquiciados pensamientos.
Trozos
de piel en la pared
y los nudillos descarnados
como respuesta al alarido,
animal e irracional, que atravesó
el cerebro ordenando matar.
La saliva desborda las comisuras
y, de entre los dientes apretados,
se escabulle una ofensa a Dios
que tensa el gesto de la cara
y envenena a la conciencia.
La
última luz del día
fue cuando levantó las manos,
bañadas en una sangre ajena
le dieron una tranquilidad propia
que sólo ocultaba el vacío y el sabor
de haber perdido el alma. |