Israel
El
joven Israel arrastró los pies
pisando el fango de media Europa,
creciendo a base de raspas de pescado
y delicias que los perros no querían comer.
Siempre tuvo claro que no quería ser como los demás
aunque pretendía acabar siendo igual.
Le
contaron que había libros con miles de años
que decían cómo lograr
lo que uno desea de verdad.
Israel leyó promesas que anunciaban
maravillas que habían de llegar
y creyó, lo creyó todo y más;
y soñó, soñó como si fuera a ser verdad.
Israel
peregrinó al desierto,
construyó iglúes de arena
y danzó al son de dictados divinos bajo el sol
hasta que creyó montar la serpiente,
como Jim Morrison con The Doors,
en un viaje de ácido por el corazón.
Cuando
despertó de lo que no podía ser
levantó muros lejos de Berlín
y escribió poemas de odio y de rencor.
Israel no estaba para bromas,
las ironías del destino y de la vida
no le hicieron sonreír aun cuando
sus hermanos volvieron al fango
del que nunca debieron salir.
Israel
reclutó un ejército de palabras
y acabó al mando de hordas de destrucción;
cuando sórdido y decadente
volvió al fango de la vieja Europa
para dormir acurrucado en la humedad,
sólo le reconfortaba el recuerdo
de haber visto arder la tierra prometida. |