Las Bajas Pasiones

(Amaneceres Tardíos)

Una vez pensé que no era yo más que un saquito de arena y hoy sé que no soy más que un montón de mierda. Me duele tanto la cabeza en este amanecer de las cinco de la tarde y tengo tantas nauseas, todo culpa de la absenta, el hada verde, ¡ja, y una mierda! Una jodida droga como otra cualquiera. Me parece bien, oh sí, me lo parece. Si encuentro los putos pantalones saldré a comprar otro par de botellas.
Revuelvo en el motón de ropa que ya usé y encuentro un pantalón y una camiseta de publicidad que me sirven de sobra. En la calle hace frío, se nota que la humedad ya flota en el aire y estamos en los meses preinvernales, aunque para ser sincero podríamos estar en pleno Julio a treinta y cinco grados y a mí me parecería estar llegando al invierno, pero no, no es Julio.
Lo peor de la absenta, sin ningún tipo de dudas, es que se acabe y tener que cruzar media ciudad para ir a buscarla. En realidad la absenta no me gusta, no, es realmente asquerosa, pero tiene ese aire romántico de los artistas bohemios de finales del diecinueve y principios del veinte y la gente como yo nos agarramos a cosas realmente ridículas, ridículas pero que llaman nuestra atención por lo menos un momento. Pues lo dicho, tener que ir a buscarla es lo peor de la absenta porque me obliga a salir de casa de día y cruzarme con toda esa gente que, con independencia de que vayan rápido o despacio, siempre parecen tener prisa, como si algo imprescindible e increíble les esperara y quizá, con mucha suerte, lo mejor que les espera es el trabajo.
Camino por las calles a buen paso, siempre me ha gustado caminar rápido aunque no tuviera prisa, miro a las mujeres atractivas con las que me cruzo valorando siempre lo que sería poder forllármelas, echo vistazos a los escaparates sin pararme y de vez en cuando salgo de mi cabeza para escuchar alguna conversación ajena. Cincuenta minutos después de salir de casa llego a la tienda de licores. Entro y me acerco al mostrador, el hombre que atiende me mira y me dice un “Hola” de tono alegre y, con una ligera sonrisa, me pregunta si quiero más absenta. Yo le digo que sí, que quiero dos botellas. Me las trae, le pago y sin ningún tipo de sonrisa le digo “Hasta luego” y salgo de la tienda. Los días han encogido bastante, ya empieza a oscurecer y las luces públicas se encenderán pronto. No me merece la pena apurar el paso más de lo habitual porque será inevitable que no llegue a casa antes de que comience ese ajetreo típico de estás horas. Es curioso como en estas fechas, a eso de las seis y media o siete, la gente se agolpa en las calles, moviéndose con rapidez de un lugar a otro, comprando, hablando, diciendo, escuchando, mirando… y todo ello adornado con la luz artificial sobre sus caras. Por eso a mí me gusta más salir de casa después de las doce de la noche. Me incomoda todo este ajetreo que me es ajeno. Al final he tenido suerte y, pensando en mis cosas, el camino se me ha hecho más corto de lo habitual.

(El Impulso Eléctrico)

Debería buscar algo que hacer, no sé lo qué, pero algo que alterara este ritmo decadente de vida que llevo. Me sonrío a mí mismo. No, no voy a buscar nada, el solo hecho de pensar en la palabra buscar me da asco. Buscar ¿Para qué? Recuerdo bien como empezó todo esto, aquel tiempo en que sin darme cuenta quedé fascinado por aquello tan bonito y quise conseguirlo, oh sí, quise conseguirlo. Recuerdo como era por entonces; solía buscar la compañía de gente que consideraba mis amigos, solía hacer cosas sólo por estar al lado de cierta gente, pensaba en las personas… Bah, qué tonto era, lo peor es que yo creía en ello, sí, claro que creía e intenté hacer bien las cosas. Intenté ser consecuente conmigo mismo y respetar a los demás, lo conseguí, pero algo no iba bien, no, no. Desde el principio creí en lo que hacía, pero desde ese mismo principio sentí que lo que estaba haciendo no servía de nada, que no estaba en mi mano poder conseguirlo, daba igual lo que hiciera, no estaba en mi mano. Aquel día que me quedé dormido y soñé con un ser extraño y un extraño viaje fue difícil, muy difícil, cuando desperté me sentía raro, igual que alguien que ha tenido una gran idea, pero no es capaz de recordarla con claridad. Yo tenía una gran sensación de vacío, pero no acabada de comprender por qué. Unas horas después estando en el baño lo comprendí todo al ver mi cara en el cristal, estaba tan jodido porque era un tonto del culo, un imbécil que malgastó su tiempo atendiendo a cosas y a personas que no eran para él. Me miré con despreció y escupí en el espejo con rabia, al fin y al cabo sólo era un idiota que había querido lo que no podía tener cuando hay cosas mucho más cercanas que se pueden coger y pueden dar calma y placer.
Ahora mismo siento que es uno de esos momentos del día, uno de esos momentos en que uno entra en una espiral infinita de agobio, de desazón, pero yo sé como calmar esto, claro que lo sé. Busco en un cajón del mueble bar del salón y saco una cinta de video y una revista. La revista se llama “Deseo en exceso y penes por doquier” y la cinta se trata de “Nacho de marcha en Madrid”. Pongo la cinta en el video y le doy al play, me bajo los pantalones y me acomodo en el sofá; las imágenes se van sucediendo, tanto en la televisión como en la revista, mientras, mi mano derecha que agarra mi polla sube y baja con un ritmo constante. Percibo detalles en las imágenes como pequeños impulsos eléctricos que se van acumulando en el bajo vientre y mi mano aumenta poco a poco de ritmo mientras noto como se me tensa el cuello y se me acelera la respiración. Me contengo en el último instante, casi cuando la eyaculación es inevitable, intentando mantener un poco más ese estado de tensión elevado, mantenerme fuera de todo y sólo pendiente de bordear el clímax sin llegar a aceptarlo. Finalmente me doy por vencido y acelerando y apretando un poco más mi mano dejo que el placer me inunde y que el semen salga despedido y caiga en mi mano y en el suelo del salón. Relajado un segundo trato de recuperar el ritmo normal de respiración, mi mano aún agarra mi polla y se mueve lentamente, casi acariciando. El placer ya se ha ido y sólo queda lo que había antes de empezar a buscarlo. En la televisión siguen pasando imágenes de Nacho Vidal penetrando a una chica. Voy a darme una ducha.

(El Hada Verde)

La ducha me ha sentado bien, aunque ducharme no es uno de mis placeres. Mientras me seco el pelo con una toalla miro por la ventana y como la noche se ha adueñado de la ciudad. Hay nubes en el cielo y la luz de la ciudad se refleja en ellas formando una burbuja auto alimentada donde se esconden vidas, palabras calladas, besos robados, besos perdidos, traiciones, miradas infinitas… la vida que me parece tan ajena y tan dolorosa.
Camino hasta el mueble bar y saco una de las botellas de absenta, había pensado tomarla en forma de “palomita” pero hoy es un día un poco peor de lo normal, o mejor, así que hoy beberé absenta en chupitos. Me siento en el sofá y pongo música decadente, decadente pero que dice algo, no como la mayoría de la basura que suena en las radios.
El líquido verde llena el vasito, lo cojo, lo levanto a la altura de mi cabeza y lo engulló de un solo trago. El líquido va hacia el estómago quemando los conductos a su paso.
Si dentro de unas horas me siento capaz quizá salga a recorrer la ciudad, visitaré unos cuantos bares de confianza y seguramente me deje caer por alguno de esos sitios que suelo visitar y que son de muy poco fiar. Sí, lo admito, prefiero pagar por el sexo a intentar “conectar” con alguien por ahí, por lo menos soy sincero, sólo quiero sexo que sacie mi necesidad de placer y quizá dejarme engañar un momento confundiendo cosas, queriendo sentir cariño donde sólo hay profesionalidad en servicios de mercado.
Yo no sirvo para hacerme el simpático, para decirle cosas ingeniosas a mujeres que en realidad ni les interesa, ni recordarán, nada de lo que les puedas decir. Quiero lo que quiero y punto.
Realizo otra vez el mismo ritual del chupito.
El día que me miré en el espejo y vi que era un tonto odié con todo mi corazón aquello que tanto había querido y deseado. Comprendí que nada de lo que pudiera desear o querer tendría sentido si no lo podía alcanzar, así que desde ese momento busqué las cosas inmediatas, las que puedo conseguir de forma sencilla y sacian lo más básico de mi ser, las que sacian mis bajas pasiones. Sí, el placer sexual animal, el descontrol, el odio a todo lo que me es inalcanzable, el desprecio y la desconsideración a todo lo que no sea mi necesidad de abstracción. En general, cualquier cosa que me mantenga alejado de mi sueño.
Por tercera vez lleno el vaso del chupito y me lo tomo.
En algún lugar encima de la mesa tiene que haber una cajetilla de cigarros, lo que pasa es que los cigarros que guardo en ella no son de los normales, estos tienen un poco de especias mezcladas. La encuentro, abro y cojo un porro; me lo coloco en los labios y lo enciendo. Aspiro con fuerza y el humo me invade los pulmones, expulso el aire por la nariz y siento el picor del humo y el aroma de la marihuana. Siento la cabeza un poco adormecida y un leve mareo con los párpado más juntos de lo normal.
Me sirvo otro trago de absenta, creo que este hace el cuarto, y me lo bebo.
Por fin, el tiempo parece ir un poco más lento de lo normal y todo parece estar más lejano, mucho, mucho más lejano. Siento un poco de paz mientras le robo la última calada a este porro moribundo, me dejo caer hacia atrás y con la boca completamente abierta dejo escapar el humo.
Haciendo un esfuerzo me incorporo y sirvo otro chupito, lo bebo, y me dejo caer otra vez hacia atrás.
Todo parece ir más lento, todo parece estar más lejos, todo parece un poco más silencioso, todo desaparece, todo se funde en verde, en verde.

(La Casa de los Excesos)

Verde es lo único que estoy viendo, verde que ya está empezando a cambiar, este verde ha dejado de serlo para convertirse en azul, ya todo es azul, todo azul. Estas nubes me parecen demasiado perversas, serían menos hipócritas si fueran piedras. Por la esquina veo marchar algo que me resulta familiar, demasiado como para que viva un minuto más, corro descalzo sobre adoquines que tan siquiera sirven para conservar huellas en esta ciudad de dos luces y demasiados pesares. Alcanzo al fugitivo, le grito y se gira, su carita de niño asustado no me va a engañar “Yo ya te he visto antes”. Me acerco caminando despacio y con media sonrisa que avisa a las claras lo que pienso hacer. El niñito me dice: “No por favor, no me haga daño, yo no he hecho nada”. Mi respuesta es clara. Un puñetazo desmedido impacta en su cara, desprende cuatro dientes y tuerce la nariz hacia la izquierda. Un bonito color rojo empapa sus camisita de niño bueno. Una buena patada rompe su pierna derecha un poco más abajo de la rodilla y hace que se doble hacia fuera. El niño cae gritando y llorando. Por supuesto no soy un insensible, así que calmo su llanto a base de una buena lluvia de patadas. Está cerca del final, boquea igual que un pez fuera del agua, je je. Me arrodillo a su lado y a dentelladas destrozo su pequeño cuello, saboreo la sangre caliente que se escapa a borbotones. Me levanto, me doy la vuelta y camino diez pasos, me paro y giro la cabeza para decir: “Sí que has hecho. Has hecho lo que nunca debiste hacer, has soñado. De nada por el favor que te acabo de hacer. Ya no necesitas mi nombre, ni necesitas mi alma para perderla en juegos imposibles”. El niño se convierte en humo y yo camino sin preocuparme de a donde voy.
Me siento bien, oh sí, he acabado con lo que quedaba del imbécil que un día fui, ahora es un buen momento para buscar un poco de placer. Oigo la música de un vals que sale de un bonito palacio de neón, un hombre de traje me invita a pasar y no dudo que este va a ser un buen sitio en el que estar el resto de la noche.
El rojo lo viste todo y hay muchas más caras sonrientes de las que puedo contar. Pido a una camarera que lleva ambientadores de pino colgados de los aros de los pezones que me ponga un whiskey con cola. La copa me parece un poco cara de más para los sentimientos que es capaz de engañar, pero no importa, hoy estoy de celebración, celebro mi buen humor.
Una chica hermosa de pelo largo, lacio y negro me dice si la invito a una copa, yo le digo que quiero follar. La chica me dice que se llama Alicia y si tengo mucha prisa, yo le digo que ya es tarde para todo.
Nos dirigimos a unas escaleras y empezamos a subir, recuerdo un sueño que tuve una vez en el que bajaba unas escaleras con un tipo que decía ser el salvador de los sueños, aquel cabrón no salvaba nada y era mucho más feo que Alicia, que aunque no salve seguro que sabe hacer otras cosas por un precio razonable.
Me siento en el borde de la cama, Alicia se sienta entre mis piernas y me desabrocha el pantalón. Le digo que espere y que si estaría dispuesta a ponerse una careta, ella me dice que si pago hará lo que sea, le digo que el dinero no es problema y saco de mi chaqueta una careta que tengo muy claro a quien representa, ella se la pone y, yo sonrío, continua su trabajo. Coge con la mano izquierda mi polla y la levanta, da suaves lametazos en mis testículos, cojones habitualmente llamados, y poco a poco va lamiendo a lo largo del tronco de mi polla hasta llegar a la punta e introducírsela completamente en la boca, chupa con ansia y hace un buen trabajo, se nota la profesionalidad. Echo la cabeza hacia atrás y me concentro en sentir, me concentro en creer, me pierdo en perversos pensamientos con imagen de careta.
Los pechos de Alicia son muy bonitos, tienen los pezones oscuros adornados por unas aureolas pequeñas, los beso con suavidad y deslizo mi lengua casi sin tocar la punta del pezón derecho, hago lo mismo con el izquierdo. Succiono con delicadeza mientras con la lengua hago leves círculos en la punta, me separo para observar y deslizo las yemas de los dedos sobre la suave piel dibujando el contorno de los pechos, bajo en dirección al ombligo donde me entretengo a dar un par de vueltas, después, sigo mi camino hasta encontrar un monte de Venus adornado sólo por una fina tira de pelo. Mi mano derecha se pierde más abajo del monte de Venus acariciando pliegues y buscando humedades obscenas; mis dedos índice y corazón separan y acarician los labios menores mientras el pulgar incita a un clítoris crecido. Llevo los dedos hasta la boca y noto un sabor de tonos ácidos.
Alicia me tumba boca arriba en la cama, se monta a horcajadas sobre mí y cogiendo con la mano mi polla la dirige a la entrada de su vagina, allí la veo desaparecer, en el interior de esa mujer que no significa nada para mí, sólo un recipiente donde vaciarme, algo con lo que entretenerme el tiempo que dure. Alicia cabalga a un ritmo endiablado, yo cierro los ojos y me concentro en alcanzar mi orgasmo mientras grito algún nombre prohibido. Algún nombre maldito.
Al abandonar el palacio de neón en tres pasos me encuentro a media ciudad de distancia, iré al sórdido bar donde siempre hay mucho más vicio del que puedo necesitar. Me dispongo a ponerme en marcha y oigo voces que me llaman por mi nombre, dicen mi nombre alto y claro. Son caras conocidas, mucho, alguna vez les llamé amigos, incluso pensé más de una en llamarles hermanos, hoy sólo son voces que vienen a mendigar algo. No me apetece atender sus tonterías, para mí todos dicen lo mismo, para mí todos son uno en este momento en el cual, vacío de semen y ligero de conciencia, sólo quiero un poco más de vicio y un poco más de latidos físicos de sangre y fluidos. Me dice, me pide, me marea esa voz que cree que me interesa lo que me intenta contar, quiere una opinión y yo ni tan siquiera quiero escuchar. La miro, sonrío y le digo: “Estoy contento, espero que tú también lo estés”. Acto seguido doy media vuelta y me voy dejando a mi espalda una voz que ya no lo es porque se ha quedado muda al presenciar algo que no creía que llegaría a ver jamás.
Bajo unas escaleras llenas de mierda y basura y entro en un local no mucho más limpio que las escaleras que acabo de dejar atrás. En una mesa un hombre de aspecto poco recomendable calienta, con un mechero, algo en una cuchara. Me siento a su mesa, me dirige una mirada y me dice: “Hola, llegas algo tarde, ahora acabo de prepararte lo tuyo”. Me subo la manga izquierda de la camiseta y me ato una goma alrededor del brazo, unos diez centímetros más arriba del codo. El hombre coge con una jeringuilla lo que ha preparado en la cuchara, acerca la punta de la aguja a mi brazo y la va clavando lentamente. Noto el pinchazo subir por mi brazo hasta clavarse en el centro del hueso a la altura del hombro, justo después, según la sustancia entra en mí, siento subir por el brazo la sensación de nada, se va expandiendo por el cuerpo, sube por el cuello lamiendo la garganta y justo después me golpea el centro del cerebro. Dejo caer la cabeza hacia atrás con los ojos en blanco. Todo se vuelve negro, negro absoluto.

 
Comentario: En “Las Bajas Pasiones” se retoma en cierto modo el relato de “Sueños sin Destino” y muestra la caída hasta lo más profundo de los impulsos. El sometimiento a las pasiones para escapar del dolor del sueño.