Enfriándonos
De niños escribíamos
sueños en las paredes;
los escribíamos con puntas
y con botellas rotas.
Dibujábamos corazones
atravesados por flechas
y dejábamos espacios en blanco
para llenarlos con nombres algún día.
Cuando aún no habíamos crecido
hacíamos pactos de sangre
pinchándonos los dedos
con agujas oxidadas.
No había miedo al contagio,
sólo la confianza de alguien
que no se había visto con la traición
cara a cara.
A la edad en la que nuestras caras
se adornaban con granos
empezaron a enfriarse
aquellas miradas infantiles.
Nuestras lenguas comenzaron a jugar
con las lenguas de otras bocas;
aquellos primeros besos
eran tan calidos, tan confiados.
Cuando el pelo
se volvió cano
sólo nos quedaba
hielo en la mirada.
Nuestros sexos plastificados
luchaban con otros sexos
sólo para alcanzar la electricidad
del instante. |